▣ MEDITACIONES
I
El
hombre suburbano, despojado de toda épica, debate la convicción de su certeza;
cuestiona la duda sobre su indecisión. A medio camino, entre lo inasible y lo
domesticado, lo irrefrenable y lo libre. Sobre su cabeza pendula una pregunta,
cuando las palabras se encierran en inútil refugio. Sucumbida la verdad a las
trampas de la lógica que dominan y subyugan todo mundo complaciente, tan vulgar
y cínico en su discurrir.
II
Una
casa que contiene al tiempo. Una torre que sostiene una nube. Dos árboles
silenciosos que se aprietan en la quietud de la noche, como dos viejos y
furtivos amantes. Una prédica y un grito aturdido que se medita sin solución.
Un abismo que se asoma a su propio vértigo. Una sombra esculpida de ausencias y
un incomprensible laberinto sin salida. Una lanza en el blanco de la diana. Una
letanía a modo de elegía. Un centauro que acecha y un agobio de espanto. Un mar
jamás en calma.
III
Vengo
de una voz lejana. De colores gastados y agua pasada. De promesas vanas y
caminos que se bifurcan. Fingí sueños para maquillar el peso de una tristeza y
la ligereza de realidades resbaladizas. Esquivo vanidades nefastas, derribo
murallas impenetrables. Tolero humores mercuriales, resuelvo mi crucigrama.
IV
Pesimista
desengañado, a fuerza de torcer toda voluntad ajena. En reiterado fracaso
constante, haciendo impostergable verdad la propia esencia, la condición
trágica de todo arte legitima su ejecución como un acto sagrado.
V
Huir
del ruido y del conflicto. Llenar agendas y pendientes de nada por hacer y todo
por delante. A lo esencial de Cicerón, lo banal en lo habitual. A la renuncia
del guerrero, la honestidad brutal. En la auténtica riqueza del florecer
individual, regarás tu jardín privado haciendo de tu mente tu templo de
libertad y secreto mejor guardado.
VI
No
hay actos de prestidigitador sin máscaras de embuste ni disfraces de
superchería. No hay escape en proeza posible sin escondites fortuitos ni farsas
osadas.
VII
Juez
y parte de mi destino, adalid de un ejército invisible que ofrece la guerra a
tu resistencia amable. Enemigo de mi recato decente y objeto de desprecio
persistente a tu costado menos vulnerable. Contemplo, desde un oscuro rincón,
los daños al portador de mi última rendición.
VIII
Mítica
tragedia griega de un ciego en minotauro, preso de su razón que decide, ya
incapaz de acechar ni poseer, beber hasta embriagar del frío néctar del olvido.
Haciendo trizas la memoria, como si todo su pasado guardara el más preciado
recuerdo en el inútil compás de las agujas de un reloj ya derretido.
IX
Cíclope
mitológico de abrupta emotividad. Puesta en abismo de un ser de pupilas
cansadas y cuerpo transmutado en holograma que sueña quimeras delirantes, falacias
de su pura ficción.
X
Atravieso
la oscuridad de la noche, plétora de misterios, quietud y silencio. La pálida
luz emite, incandescente, un tibio y brumoso resplandor, secando las huellas
teñidas de su decreciente amanecer.
XI
Mundo
corpóreo sin morada privada, vierte el sol su torrente ardiente. Brota la
fuente de su espejismo, disuelta en amarga sequedad. Universo laminado de
apariencia, su faz ciega se estremece como instrumento templado por los dioses.
Realismo resbaladizo de hieratismo milenario.
XII
Savia
de un tiempo arcaico, vive el poeta moderno aquejado por su ansia
trascendental. Artífice sin escrúpulos de su destino esquivo. Frágil cristal
quebradizo, indómita voluntad quijotesca. Polvo irisado en partículas difuminadas
de todo encanto acaecido.
XIII
Soporte
sensorial que suprime la vida dada, alimentando fantasías incubadas en sueños
pasados. Vertiginosa rueda giratoria que se resquebraja a sí misma. Eternidad
que es voluntad y reposo que nada de lo perdido reclama.
XIV
El
arte como redención liberadora, toda búsqueda vital más allá de la vanidosa
mentira y la fantasiosa cotidianeidad.
XV
Contradicción
contrariada y pundonor que no es hipocresía moral. Temblor extremo y
cavilaciones de una fría tarde de invierno. Un cajón que acumula un manojo de
cartas arrugadas, escritas con letra cursiva a pulso de viento. Un puño cerrado
que agita su respiración y una mueca de horror que desencaja el semblante. Es el pasado delator que nunca está
donde lo dejamos, condenando un inquebrantable ideal.
XVI
Prisionero
de guerra ajena. Temor cautivo de propia soledad, debatida entre impulsos
alternados de esperanza y desesperación. Instinto de supervivencia, habitante
de la noche donde todo es silencio, quietud y espera. Afuera, avanzan armados
los acorazados por el árido y polvoriento callejón.
XVII
Proyectando
mi quietismo estético, vapuleado de todo bullicio y mediocridad humana,
revuelvo los cimientos de una libertad no condicionada que conquista mi
continuo y radical inconformismo.
XVIII
Punzadas
pupilas inyectadas de sangre que contemplan catastróficos panoramas en siluetas
de nube animal. Señas de inerte materialidad.

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