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ESTO LO ESTOY ESCRIBIENDO MAÑANA / Oxímoron (Breves Escenas)

 



I
Contuve sin el mayor esfuerzo el peso de mis emociones durante toda la función; colocarme bajo otra piel me devuelve cierto equilibrio perdido, al otro lado donde aguarda la siempre difusa realidad. Es un tema de perspectiva pura. Sin embargo, no lo fue su butaca vacía en primera fila. Fue el acto final de desaparición por arte de magia. Nuestro vínculo, a lo largo de todos estos años, también estuvo hecho de tiempos esquivos. Siempre viviendo en los límites de nuestro absurdo e imposible melodrama. Mi ilusión chocó contra mi desconcierto, volví rápidamente a Tierra. El aplauso de la audiencia no cesaba. A los pocos minutos me encontraba en mi camarín, sola, frente al espejo. Había apurado la despedida con mis compañeras de elenco y me había refugiado en ese lugar sagrado. Podía escuchar, sin demasiada nitidez, el bullicio al otro lado de la puerta, pero mi mente estaba a miles de kilómetros de allí.

II
Quitó las capas de maquillaje de su rostro y dejó caer la última máscara. El espejo le devolvió una mueca extraña, ya no quedaban huellas de su último espacio de evasión. Sintió que tenía que abandonar esa imagen devuelta por el reflejo lo antes que pudiera, el mismo plano secuencia final de siempre que termina por aburrirla. La incomodidad persistía. Era la hora de irse.

III
Se cambió de ropas con apuro y bajó, con sigilosa rapidez, por las escaleras que conducen a la puerta de salida trasera del teatro. El primer contacto con la calle sacudió sus sentidos. Como si retornara a un estado de gravidez perdido y su cuerpo acusara los efectos de un viaje espacial. Con agitación paulatina, fue asimilando los ruidos y las luces de la gran ciudad. El color y el calor de la noche cobraban vida a su alrededor.  Tomó la calle lateral, nadie la vio. Estaba a salvo. ¿Lo estaba realmente? El semáforo no cambiaba a rojo, el tránsito la aturdía. Con apuro y cierta ansiedad encendió un cigarrillo. Buscó instintivamente su sombra, jamás resignándose a su ausencia. Apuró el paso no sin torpeza, trastabilló subiendo el cordón. Se encontró allí, interpretando la misma película, olvidando el desenlace de su fallido guión original.

IV
Cuatro cuadras la separaban de aquel camino de regreso a casa, luego de cada función. Siempre se maravilló de cotejar la transformación urbana en esa pequeña distancia recorrida a pie. El umbral que separaba el ruido de la calma era abismal. A estas horas la avenida lucía desierta, casi fantasmagórica. Podía sentir a su alrededor un silencio abrumador. La mente, rumiante e implacable, devolvió sus pensamientos hacia ese persistente lugar de indefinición e indefensión que se había prolongado por días. Empezó a sentir que no quería llegar a casa.

V
Asintió y dibujó una sonrisa forzada. Poco ya quedaba de su encanto de oficio en escenarios forjado, mientras su estado de ánimo develaba la nula capacidad en ocultar las emociones de una noche extrañamente agridulce. No demoró el primer sorbo, casi sin poder saborearlo. Y en ese mismo instante fue que ocurrió ese insólito giro del destino, confirmando aquello acerca de que la naturaleza encuentra la forma más desconcertante de exponer tu debilidad. Pudo ver como cruzaba la puerta y se dirigía hacia ella. Por fin podía ponerle un rostro a su angustia latente, a su estado permanente de confusión. El contorno de esa sombra que se proyectó impune, torciendo el rumbo de sus emociones. La peripecia de su regreso de Ulises daba un drástico cambio de curso en la escena final. Un deus ex machina que quiebra toda lógica interna. Pero sin salvación de minuto crucial.

VI
Parecieron siglos, aunque solo hayan transcurrido algunos minutos. Un sueño profundo al cuidado de Morfeo. Al despertar, ya era completamente de noche y todavía sostenía en mis manos esa novela de Beckett a la que siempre regreso. Mis ojos recibieron con la incomodidad de un impacto enceguecedor la penetrante luz del velador aún encendido. En el reproductor, Sattie seguía haciendo maravillas. Necesitaba una ducha rápida para despabilarme, me dije mientras procesaba los efectos de la adrenalina en mi cuerpo, acusando recibo de las sensaciones transitadas durante el día. De regreso a mi estado natural, intento convencerme mientras el tiempo me recuerda su imbatibilidad marcando las doce. Era su cumpleaños.

VII
Todavía puedo sentir la intensidad de aquella lluvia atravesando el silencio de nuestras miradas ante lo imposible de expresar, ¿acaso alguna vez hablamos realmente de lo que hay que hablar? Dos amantes en pausa privados de la capacidad de conciliar; nuestra elegía permanente. Tu letanía de motivos, tu frontera infranqueable; mi inconsciencia sin falta de cálculos, solías acotar… ¿estuvo nuestro vínculo hecho de fragilidades? Puedo recordar con el deseo intacto los vestigios de anteriores despedidas, aquellas donde no dejamos reglas por quebrar, siquiera todo placer no dura lo suficiente. Y esta racha de amargura que tiñe de un color añejo nuestro paisaje. Historia de un desangelado y lento desmoronamiento. Habrás sabido vos que hacer con los restos de ese mundo soñado que logré despertar, al amanecer de tu última duda.

VIII
En búsqueda de algún consuelo pasajero, observo una copa de vino intacta sobre la mesa. Preciso evadirme, busco un refugio. Miro de reojo a Beckett, hundido entre las sábanas. Intérprete de mi propia tragedia y escenario solitario de mi propio teatro de absurdo, sumo una considerable ración de insensatez a mi rumiar existencial de madrugada. Y aparece él. Porque Beckett siempre me llevará hacia él. Me dirijo hacia la biblioteca, y en un gesto automático, mis dedos aciertan sobre su ejemplar favorito. ¿Cómo podrían fallarme esta vez? Mientras releo su dedicatoria, me sorprende pensar que es extraña la relación que tengo con su ausencia. Aún sin encontrar comodidad en los pliegues de mi realidad escindida ni equilibrio en la forma en que mi ser asimiló el interrogante sobre su distancia, reconozco que siempre encuentro sosiego leyendo su última novela. También la dosis justa de autocastigo, suele agregar mi analista. 

IX
Solo pude verla partir sin siquiera atinar un tímido gesto. Lo que siguió después fue un constante cavilar. Tendría por delante una tarde poco productiva. Mis planes por aprovechar el tiempo libre y leer se habían disuelto a las veinte páginas de comenzar. Perdón querida Clarice, ya volveré a vos en un mejor día, pensé. Casi sin darme cuenta, ya era de noche y tan solo la luz del monitor alumbraba la habitación. Apoyé el pesado vaso de whisky sobre la mesa y me dispuse a escribirle. En vano. Casi instintivamente, aparté la silla del escritorio y me dirigí hacia la ventana. Camino a ella observé el reloj de pared marcando las dos y veintitrés. No creo en las casualidades. Inhalé con todas mis fuerzas una bocanada de aire fresco y me quedé inmóvil, abstraído, contemplando con mirada cenital la serena quietud de una noche de jueves. Desde allí arriba los autos se veían minúsculos, diminutos; podía jugar a aplastarlos con las palmas de mis manos. Desde un edificio contiguo, un sonido captó por completo mi atención: alcancé a distinguir sus mágicos acordes dorados. Aprecié la esperanza imperecedera en aquel “mañana es mejor” como una señal inequívoca, con la certeza de que nada podía quebrar aquel instante de armonía.  

X
Me aguardaba una larga espera. Creo que necesité abstraerme del exterior. O tomar una necesaria dosis de coraje. O entender realmente que hacía esperando allí. ¿Qué me incitaba a escapar? Subí la ventanilla y encendí al máximo el reproductor. George Gershwin hacía delicias en mis oídos y, de pronto, todo alrededor se desvanecía. A través del curvo cristal del parabrisas, podía contemplar a los transeúntes en mudos diálogos, acompasados por el inextinguible piano que brotaba de mis parlantes. Era una mímesis perfecta del cine silente. Contuve una carcajada nerviosa. 

XI
El reloj marcaba las 7:00 PM y podía ver las hojas de los árboles reflejar la luz del atardecer. Es particularmente extraño el efecto que en mí producía. Observé la fachada del antiguo edificio que se levanta contiguo al teatro. El sol recortaba su sombra, arrojando una auténtica postal expresionista. Mi manía de novelista no podía evitar imaginar la siguiente escena con un detalle fotográfico. Mientras tanto, el teatro lucía calmo y solo podía ver encendida la luz de la boletería. Añoré el recuerdo de un tiempo donde la nostalgia era blasfemia.

 XII
Ensayo un réquiem para el acompasado destiempo que precipitó nuestro adiós. Mi despedida, mi responsabilidad. El punto de fuga infinito, un pozo de soledad sin fondo. Su rastro de cenizas en el vacío esparcida. Carente de coraje y valentía, examino las posibilidades de mi relación con su ausencia: la tristeza del espacio que jamás pudimos habitar.

XIII
Lucía tan hermosa como la última vez, solo que llevaba el pelo recogido. Sonreía. Derramó belleza de artista al despedirse, encendió un cigarrillo con ese gesto tan característico y apuró su paso, como siempre solía hacer. Sentí que era el momento adecuado y que ahora sería yo quien debía actuar. ¿Podría hacerlo bien esta vez? Indeciso, dudé, o no. Me bajé del auto y caminé en su dirección. No pude avanzar más de diez metros. Sentí todo detenerse a mi alrededor y no hice más que obedecer a la percepción. Me convertí en una invisible estatua de sal petrificada. Nunca miró hacia atrás. No hubo final de película. La vi escabullirse entre la gente, luego doblar la esquina. Barrido de cámara a toda velocidad como prólogo a ese contundente fenómeno recurrente: la había perdido de nuevo.  

XIV
En un impulso, atiné a volver sobre mis pasos. Y caminé, sin noción ya. Me sentí perdido en mi laboriosamente tramado laberinto borgeano. Un ser indefenso, disparado hacia su propia puesta en abismo. Mi callejón sin salida, mi propia madeja deshecha. Tardé quién sabe cuanto tiempo en recuperar el rumbo, luego el aliento, después las ganas de volver a casa. De pronto, un bullicio captó mi mirada. Las piezas de mi rompecabezas mental aún no terminaban de encajar, mientras me vi convertido en involuntario testigo. Allí pude verme, yaciendo inerte sobre el asfalto.

XV
Soy el cadáver en la habitación cerrada. Soy el enigma descifrado en su mayúsculo desconcierto: lo que era nuevo ya es viejo y conocido. Mago trapecista o actor de inaprensible drama, de acuerdo a la ocasión. Exhibicionista enmascarado según se requiera, puedo vestir las ropas de aquel escapista sin refugio. Turista de tu anatomía en cese de funciones, no percibo rastros de mi cabeza por aquí. Es la hora de partir. Y decidí borrar tus recuerdos, aunque tuviera que deshilvanarme de aquellos ecos que tu nombre pronuncia. Preso del cíclico discurrir como las estaciones de su idéntico intervalo, rompí fracciones de cada minuto. Dicen que el paso de los días todo lo cura, pero, quebrada la ley, a mí parece haberme ignorado por completo. Del éxtasis al desencanto en caída libre, necesito olvidar si mañana serás tiempo pasado. Eterno dilema sin solución razonable, me pregunto si mi sentimiento crece cuanto más se aleja de mí el objeto de devoción. No obtengo respuesta.

 
XVI
Cada latido me delata, ¿por qué siento que prefiero entregar mi corazón antes que arrancarte de mí? Renunciar al infinito de mirarte acumula cada gramo de tristeza que pesa tu ausencia en el fondo de mi ser. Así fue la última vez: pretendiendo sonreír con un gesto desparejo. Contemplé tu espejismo y rogué que se desvanezca lo más pronto posible de mi alcance. ¿Qué sos para mi deseo? Persigo tu fantasma.
 
XVII
Feliz cumpleaños, dijo, y apoyo el libro sobre mis rodillas. Justo cuando me disponía a sorprenderla con un ejemplar de mi nueva novela. De esos intercambios de libros que hacían de nuestro encuentro una auténtica ceremonia. Pero no fue una más. Era una tarde fría y nublada. Y no fue una más. Ese día el aire estaba raro. Afuera, el mundo seguía su curso susceptible, violento y confuso. Tal y cómo los tiempos que corren indican. Por interminables minutos solo escuché en silencio su respiración entrecortada. Rememoro, claramente, que sus labios citaron a Duras; de lo demás mi mente decidió hacer trampas y solo guardo un recuerdo brumoso acerca de lo que ocurrió después. Prefiero no forjarme ilusiones. Entiendo que, al repetirle hasta el cansancio, que no hay nada más vivo que nuestro amor no consumido chocando contra la amarga sensación espejada de nuestros vicios y virtudes, carentes de resolver el repetido acertijo, pronuncié la triste sentencia final de aquel cansino capitulo.  He allí el motivo que desmoronó, lenta pero implacablemente, las estructuras de nuestras presurosas vidas bajo el peso de una pasión subyugante. 
Hoy pienso que no fue nuestro encuentro cercano y su resultante lo que despertara en mi la inquietud sobre la decisión tomada, más aún permanece en mí la sorpresa que remarca la retórica de su dedicatoria a pie de página. De deseo nos hacemos y en su laberinto nos perdemos.  Ensayo de novena sinfonía sin armonía, quizás no fue mi mejor plan, murmuré para mí cuando bajó del auto, luego de apurar una despedida de esas que mejor no aletargar.
Mi pulso se aceleró y, preso del enésimo arrebato, mi ánimo fue incapaz de distinguir si aquella escena convivía en los designios de mi eterna ficción o era el fruto de mi oxidada realidad. Con temor a caer en la hipérbole de describir las sensaciones de tan extraordinaria experiencia y consciente de la poderosa emoción que, latente y reverberante, perdura en cada gramo de mi piel, días después, es que me decido a escribir estas líneas antes de que envejezcan fuera del papel.
Convertido en un perfecto observador, escudriñé con avidez cada paso de mi heroína, aunque no sin el temor de encontrarme con aquella mirada del adiós concedida. En pocos segundos, cruzó la calle con la gracia y la elegancia de una actriz bañada en oro, iluminada por candilejas en pleno monólogo triunfal. Subió al taxi y, al doblar la esquina, extendió su mano y saludó por la ventanilla con el sutil encanto que lo hacen las artistas suspendidas en un flash para tapa de revista. Ignoro, de momento, si me concederá el atrevimiento de aparecer en su próximo acto…

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